Soy Contador Público, egresado de la Universidad Michoacana, he ejercido mi profesión desde que terminé la licenciatura hasta la fecha; mi ingreso a la docencia se debió a un hecho fortuito, una amiga me comentó que en la escuela en donde ella trabajaba estaban solicitando un Contador para cubrir una plaza vacante, y me preguntó, si no me gustaría solicitarla. En ese momento no me interesó. Sin embargo mi amiga insistió, por lo que comencé a indagar con ella sobre el tipo de escuela, ya que no tenía ninguna referencia de los Centros de estudios tecnológicos, industrial y de servicios (salvo las menciones de mi amiga, que se refería a su plantel como “la escuela”), su objetivo y la ubicación de plantel que ofertaba la vacante. En fin, más por una atención a mi amiga, que por interés, me presenté en Cetis 27 de la ciudad de Uruapan, Mich. En donde radicaba en 1986.Me entrevisté con el Jefe de Docentes, el cuál me explicó que la vacante era para cubrir un interinato de tres meses, me dio a conocer el horario de trabajo y las materias a impartir a la entonces llamada “especialidad” de contabilidad y el salario a percibir.Definitivamente las condiciones no representaban ningún atractivo: en primer lugar el plantel está ubicado a 7 kms. de la ciudad, el horario de trabajo, me “robaba” cuatro horas diarias de tiempo laboral en mi despacho y ni hablar del aspecto económico, por lo que decliné la oferta.Consideré que había cubierto con mi deber de amistad, y di por concluido el asunto.Con, lo que no conté fue con dos aspectos: primero, a la escuela le urgía no dejar descubiertos a los grupos, y segundo, mi amiga me presionó en nombre de la amistad, su principal argumento: ¡sólo son tres meses! Y de eso hace ya, 22 años.En ningún momento consideré que nunca había impartido clase a un grupo y armada con mis conocimientos, mi práctica profesional y una gran arrogancia, me enfrenté a un grupo por primera ocasión. El grupo no me intimidó, sin embargo, fueron los 50 minutos más largos de mi vida ya que a los 20 minutos el tema se me había agotado.Poco a poco aprendí a administrar el tiempo de clase, a usar términos más accesibles a los estudiantes, a familiarizarme con la dinámica de trabajo del plantel y sobre todo a descubrir el encanto de trabajar con jóvenes.Definitivamente la confrontación entre mi profesión y la docencia se dio y de sigue dando, entre lo pragmático de la primera y el corte humanista de la segunda, aún cuando las materias que imparto son compatibles con mi perfil.Ser profesor es una gran responsabilidad, independientemente del nivel en donde se labore, tener en nuestras manos, válgaseme la analogía, una materia prima para transformar, adicionándole conocimientos, imbuyéndoles conciencia de los mismos, despertándole valores, destrezas y habilidades, implica para el docente un alto grado de compromiso y ética, puesto que el producto final se integrará a la sociedad y sus miembros marcaran la pauta de conducta de la misma.Por lo anterior no pudo darme el “lujo” de tomar una postura cómoda, o de llegar a mi nivel de incompetencia, tengo la obligación de actualizarme en el plano profesional, de adquirir conocimientos, desarrollar habilidades y aprender técnicas que me permitan ser diestra en la labor de ser facilitador y así poder entregar un producto de calidad al finalizar el proceso.Ser docente me ha brindado la oportunidad de ser partícipe en la formación de un joven, la de un crecimiento personal, puesto que me he visto “obligada” a prepararme en otras áreas diferentes a las de mi profesión inicial, la cuál es pragmática cien por ciento como lo menciono párrafos arriba, además de la satisfacción de tener interacción con los estudiantes, el conocimiento de las diversas formas en que viven su adolescencia, la increíble sensación que experimento cuando uno de ellos se me acerca en busca de consejo o simplemente de escucha, y ¿por que no? el reconocimiento que hacen a mi labor docente y el hecho, de que para algunos, sigo siendo parte de sus vidas, aún cuando hayan egresado.En contraste reconozco que el constante cambio del que últimamente han sido objeto los planes y programas del componente profesional que no permiten analizar los resultados en amplio espectro de generaciones de egresados y la pobre vinculación con el sector productivo que no permite detectar fehacientemente las necesidades que ellos requieren de los egresados, y la falta de equipamiento adecuado en aulas y talleres, son motivos que me provocan insatisfacción en el desarrollo de mi labor docente.
miércoles, 7 de enero de 2009
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